ES CARNATGE, UN TESORO QUE FORMENTERA GUARDA AL NORTE

Sin duda, es una de las localizaciones más pintorescas de la isla. Uno de esos rincones que te llevas contigo por siempre, porque parece que está diseñada para el silencio…

 

 

En la costa norte de la isla, la que los formenterenses llaman Tramuntana central, el paisaje renuncia casi por completo a la arena. Aquí no hubo playa que resistiera: las tormentas y la erosión se llevaron por delante los arenales, y lo que queda es un litoral largo, irregular y pedregoso, sin los acantilados que sí definen el este y el oeste de la isla, pero igual de expuesto al embate del mar. Bañarse, salvo en los días de calma absoluta, no es sencillo; hace falta buen calzado y ganas de improvisar, porque la orilla no lo pone fácil del todo. A cambio, quien se anima encuentra fondos transparentes que merece la pena explorar solo por curiosidad.

El nombre tampoco ayuda a hacerlo sonar acogedor. Es Carnatge significa, en desuso, carnario: el lugar donde se depositan los cadáveres. Alrededor de esa palabra ha crecido una leyenda tan repetida como difícil de desmentir del todo: que los naufragios eran frecuentes en este tramo de costa y que, antes de que existieran los faros, se encendían hogueras en las noches de temporal para atraer los barcos hacia las rocas. No eran piratas quienes se beneficiaban del naufragio, sino una población formenterense que sobrevivía, con frecuencia, a saqueos y malas cosechas; el barco encallado se convertía, sencillamente, en el único botín disponible.

Apenas dos kilómetros separan aquí la costa de Tramuntana de su opuesta, Migjorn. El camino que las une —arranca cerca del kilómetro 11 de la carretera, ya cercano al pequeño pueblo de pescadores de Es Caló de Sant Agustí— es asfaltado y tranquilo, flanqueado por casas aisladas, huertos familiares, rebaños domésticos e higueras apuntaladas sobre paredes de piedra seca. Tras una breve zona de bosque, desemboca en Es Arenals, una de las playas más frecuentadas de la isla, y no por casualidad: buen acceso, aguas poco profundas ideales para ir en familia y ese contraste que le da nombre, el turquesa de sus aguas cristalinas contra el blanco de su arena.

Pero quien busca otra cosa —soledad, espacio abierto, la posibilidad de tender la toalla sin nadie alrededor— la encontrará en la propia Costa des Carnatge, también conocida como Platja de Tramuntana: dos kilómetros de largo por apenas treinta metros de ancho, entre las puntas Prima y de sa Creu, con pequeñas ensenadas de arena entre las rocas donde practicar nudismo o nadar en aguas transparentes de fondo arenoso. Comparte tramo con playas como Es Picatxo, Es Quintalar, Racó des Cans, Cala d’en Baster o Punta de sa Palmera.

No hay señalización ni servicio alguno: hace falta agua, un picnic y algo de disposición para caminar por los senderos que nacen en la carretera, a unos cinco kilómetros de Sant Ferran de ses Roques. Quizá sea precisamente esa falta de cartel lo que mantiene baja su ocupación —y lo que la convierte, entre roca y arena, en una de las joyas silenciosas de la isla: la que se descubre por casualidad y a la que, después, se vuelve a propósito.

 

 

Más información: www.formentera.es

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