LA FORMENTERA DE LOS SILENCIOS

Si bien es cierto que hay muchos más, este paraíso del Mediterráneo esconde lugares de ensueño para dedicarse un tiempo de no escuchar apenas nada…

 

 

Hay un lugar donde el ruido no llega, o llega tan tamizado por el viento que ya no molesta a nadie. Formentera, además de playas turquesa y sobremesas eternas, guarda un puñado de rincones donde el silencio todavía manda. No el silencio absoluto, que ese no existe en una isla rodeada de mar, sino ese otro silencio hecho de oleaje, de viento entre piedras y de pasos propios sobre tierra seca. Un silencio que se puede visitar.

El primero de esos refugios lleva siglos de práctica en guardar distancias. Son las torres defensivas que el siglo XVIII levantó a lo largo de la costa para vigilar al enemigo que llegaba del mar, y que hoy vigilan, sobre todo, que nadie interrumpa a quien se sienta a su sombra. La torre de Punta Prima, junto a Es Pujols, mira hacia levante con Ibiza al fondo y los acantilados de La Mola dibujando el horizonte; a esa hora en la que ya no queda casi nadie en la playa, es un balcón que se ofrece entero. En mitad de la isla, junto a Migjorn, la torre des Pi des Català —tres plantas de piedra de 1763, restauradas en 2016— guarda entre sus muros el único interior visitable de todo el sistema defensivo, un hueco fresco donde el eco de los propios pasos se convierte, por un momento, en la única compañía.

Más al sur, sobre el acantilado del cap de Barbaria, la torre des Garroveret se asoma a 65 metros sobre el mar. El viento aquí no calla nunca del todo, pero es un ruido que no pesa: se filtra entre la vegetación árida y rala que apenas se sostiene en pie, y termina por convertirse en una suerte de respiración de fondo. Y en el extremo opuesto, cerca de Can Marroig, al norte de Cala Saona, la torre de sa Gavina vigila todavía el poniente, aunque ya nadie tema al pirata: solo queda la puesta de sol, que llega sin testigos casi todos los días del año.

Hay una quinta torre, la de sa Guardiola, que ni siquiera pertenece del todo a Formentera: se alza en s’Espalmador, el islote del norte, vigilando el paso del pas des Freus. Llegar hasta ella ya es, de por sí, un ejercicio de retirada del mundo: cuanta más agua queda entre uno y la isla grande, más fácil resulta escuchar solamente el mar.

Y luego están los faros, que no solo alumbran: también recogen. El far del cap de Barbaria, en el punto más meridional de todas las Balears, se levanta sobre un muro vertical de 100 metros frente a África. Cerca, la Cova Foradada obliga a agacharse y colarse por un hueco de piedra para llegar a un mirador que parece guardado a propósito para quien tenga paciencia de buscarlo. Al atardecer, con Es Vedrà recortado al fondo, este cabo se convierte en un lugar de una soledad casi física, de esas que se sienten en el cuerpo antes que en la cabeza.

En el extremo contrario, sobre el altiplano de La Mola, el far de la Mola se asoma a 120 metros de altura, no muy lejos de sa Talaiassa, el techo de la isla a 192 metros sobre el mar. Aquí el silencio tiene ya algo de leyenda: fue este paisaje el que empujó a Julio Verne a mencionarlo en una de sus novelas, y un pequeño monolito junto al faro todavía se lo recuerda a quien pasa.

Ninguno de estos lugares pide nada a cambio. Solo que uno llegue dispuesto a no hablar, a caminar despacio y a dejar que el Mediterráneo, con su ir y venir de siempre, ocupe todo el espacio que en otro sitio ocupa el ruido.

 

Más información: www.formentera.es

 

Please follow and like us:
Pin Share

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.