Entre el Atlántico de la Costa da Morte y los robledales del suroccidente asturiano, dos miembros de la Red de Pueblos Gastronómicos de España comparten una misma convicción: lo mejor llega a quien no tiene prisa.

Asturias y Galicia… Galicia y Asturias. El norte de nuestro país gusta y mucho. Por lo que se ve y, claro, por lo que se degusta. Los protagonistas de esta historia merecen su buen tiempo y dedicación por separado, pero es que juntos son el regalo perfecto para darse un capricho en una escapada. Dos destinos que comparten una forma de entender la hospitalidad, el recibir al viajero con los brazos abiertos y hacerle partícipe de sus recursos, su idiosincrasia y su forma de entender la vida. Otoño es una ocasión de oro para acercarse a vivir la experiencia de descubrir dos pueblos que dejan huella: el Concello de Cee y Cangas del Narcea.
Los peregrinos que llegan a Cee suelen llevar la vista puesta en Fisterra, y por eso pasan de largo. Es el primer error: Cee merece pausa. En el otro extremo del norte peninsular, Cangas del Narcea fija su regla desde el primer plato: aquí no valen las prisas. Uno se asoma al océano; el otro se hunde entre montes verdes. A quien sabe detenerse, ambos le ofrecen lo mismo: tiempo, fuego lento y una mesa compartida.
Cee no tiene murallas ni catedrales de postal. Tiene seis parroquias, dos rías —una de ellas, la de Lires, la más pequeña de Galicia— y una identidad forjada en el desastre, desde que en 1809 las tropas napoleónicas incendiaron su iglesia. Al sur, el Monte Pindo, el Olimpo Celta, dibuja con su granito castillos y figuras. Al norte, los acantilados de Canosa caen sobre el mar, y en su punta la Mixirica, una cascada diminuta, se arroja al Atlántico. En A Ameixenda, una iglesia barroca custodia un relicario de plata que, según la tradición, guarda un fragmento del Apóstol: el dedo meñique, dicen. Y de noche, las estrellas. Cee acogió en 2024 el Encuentro Internacional Starlight; desde el mirador de Gures se entiende por qué.
La mesa responde al mismo paisaje. El abadejo, el sargo y la lubina llegan del mercado o de las lonjas cercanas sin apenas viajar, y acaban en caldeirada, en arroz de marisco, en un pulpo á feira que no necesita adjetivos. Pero Cee tiene también interior: ternera gallega en los asadores, cachelos, grelos, cuchara. Mar y tierra se sientan juntos y no compiten. Cada parroquia aporta su carácter: el Porquiño ao Espeto de A Pereiriña, cada primer fin de semana de junio, con el cerdo girando horas sobre la brasa; las carnes de Toba; las navajas de Estorde; el sol cayendo sobre la ría de Lires. Y el domingo, con mercadillo, pinchos que llegan sin pedirlos y, para cerrar, el pan de huevo.
Cangas se anuncia con el sonido del río. Aquí confluyen el Narcea y el Naviego, y quien cruza el puente romano pasea entre los barrios medievales de Entrambasaguas y El Cascarín, entre palacios, hasta un monasterio románico del siglo XI convertido hoy en Parador. Pero la verdadera medida de Cangas está fuera de la villa: en Muniellos, el mayor robledal de España, Reserva de la Biosfera con osos pardos; en el Parque Natural Fuentes del Narcea y el Cueto de Arbás; en el Santuario de la Virgen del Acebo.
La cocina nació de un clima áspero sin renunciar al sabor. Su plato insignia es el caldo de berzas con patatas, fabas pintas y un compango de chorizo, tocino, jamón y morcilla: horas a fuego lento, generación tras generación. El cierto aislamiento ha conservado la matanza del cerdo y embutidos como el butiello o el chosco; también la ternera Asturiana de los Valles y el pan de leña. El otoño pone castañas, nueces y avellanas en el arroz con leche, el requesón con miel y el frixuelo servido en espiral. Dos rarezas: el queso de Xinestosu, casi un privilegio probarlo, y el Vino de Calidad de Cangas, el único vino asturiano, con raíces en el siglo XII.
En Cangas, algunas bodegas todavía lo sirven en el cachu, un cuenco de madera que pasa de mano en mano. En Cee, la empanada, el pincho y el espeto circulan igual, sin protocolo. Cambia el paisaje, no el gesto: compartir el pan, el vino y el tiempo con el de al lado. Y en otoño, conviene aceptar.
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