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PUERTO ANTILLA GRAND HOTEL, VUESTRO DESTINO UN AÑO MÁS

Este icónico hotel de Islantilla reabre sus puertas el próximo 29 de marzo con un montón de actividades para todas las edades.

 

 

Puerto Antilla Grand Hotel inicia el próximo 29 de marzo una nueva temporada estival, ofreciendo a sus huéspedes días de descanso junto al mar que no olvidarán jamás, actividades para toda la familia y momentos de relax en las instalaciones del hotel. Su gastronomía, calidad y ubicación lo posicionan como el alojamiento ideal para estas vacaciones.

En primera línea de playa en Islantilla, se alza un edificio de estilo colonial que alberga uno de los grandes alojamientos de la zona: Puerto Antilla Grand Hotel. Un destino ideal para quienes buscan unas vacaciones en familia, sin preocupaciones y con momentos de plena relajación.

Este complejo hotelero fue diseñado y pensado para el bienestar de sus huéspedes durante su estancia, por ello cuenta con amplias zonas ajardinadas y espacios infantiles, como el miniclub, cinco piscinas y zona de spa & wellness.

La propuesta gastronómica del hotel también es uno de sus grandes atractivos. El restaurante buffet ‘Los Porches’, con terraza para comer al aire libre, permite disfrutar de showcooking y una variada selección de platos nacionales e internacionales. Por su parte, ‘El Mirador de Puerto Antilla’, restaurante a la carta, ofrece recetas elaboradas con productos locales de la sierra y la costa de Huelva. La experiencia se completa en el Bar Golf, ideal para relajarse con una amplia carta de bebidas y coctelería en directo.

Puerto Antilla Grand Hotel cuenta además con un equipo de animación infantil cualificado, asegurando diversión para los más pequeños mientras los adultos disfrutan del entorno, la tranquilidad y las playas de arena fina y dorada que rodean el hotel.

Con kilómetros de playas para pasear, un entorno natural privilegiado y planes para todas las edades, Puerto Antilla Grand Hotel invita a los visitantes a disfrutar de otra temporada llena de momentos inolvidables en la costa onubense a partir del 29 de marzo.

 

 

 

 

Más información y reservas:www.puertoantilla.com

 

MADRID A TRAVÉS DEL PALADAR CON EL HOTEL ÓPERA

 

Situado junto a la Plaza de Oriente y cerca del Teatro Real, este alojamiento propone descubrir la capital con los ojos abiertos y el estómago contento.

Ubicado a pocos pasos de algunos de los enclaves más emblemáticos de la capital, el Hotel Ópera invita a descubrir Madrid desde una perspectiva sensorial en la que cultura, historia y gastronomía se dan la mano. Su restaurante, El Café de la Ópera, se convierte en el escenario perfecto para saborear la ciudad mientras se disfruta de una estancia pensada para explorar el centro histórico con calma.

 

Madrid es una ciudad que se descubre caminando por sus calles históricas, disfrutando de la cultura que el visitante encuentra a cada paso y, también, sentándose a la mesa.

En pleno barrio de los Austrias, el Hotel Ópera se ubica a escasos pasos de la Plaza de Oriente, el Palacio Real o la Catedral de la Almudena, convirtiéndose en un punto de partida perfecto para explorar los sabores de la capital.

Para quienes disfrutan conociendo el mundo a través de los sentidos, Madrid se ha consolidado como un destino imprescindible desde el punto de vista gastronómico. La ciudad ha sabido reinventarse en los últimos años, fusionando la tradición culinaria con las nuevas tendencias, algo que se refleja en la diversidad de su oferta gastronómica.

En este caso, el hotel alberga el restaurante ‘El Café de la Ópera’, cuya propuesta gastronómica se basa en una carta elaborada con productos de primera calidad y pensada para todos los gustos.

Uno de los principales baluartes de este restaurante es la elaboración de su plato más castizo: el cocido madrileño en tres vuelcos. Un plato ideal para los días de frío que convierte a El Café de la Ópera en un refugio gastronómico para viernes, sábados y domingos. Siguiendo la receta tradicional, las cocinas comienzan a preparar este plato con calma, a fuego lento durante más de 48 horas, con garbanzos galardonados en 2015 y el amor propio de la comida de nuestras abuelas.

Este menú arranca con la croqueta de cocido, las guindillas con cebolletas y la sopa con fideos. A continuación, se sirve una bandeja con garbanzos castellanos y verduras junto a la salsa de tomate con comino, acompañado por una selección de carnes: morcillotocinopancetacostillaschorizo asturianomorcilla y gallina. Y para culminar, leche frita de postre. Un verdadero viaje para por sentidos, a los recuerdos de la infancia, por un precio de 29 euros por persona.

Más allá de la gastronomía, el establecimiento apuesta por ofrecer una experiencia completa a sus huéspedes. Desde el check in hasta el check out, los visitantes pueden disfrutar de servicios como una sauna finlandesa para relajarse tras una jornada recorriendo la ciudad, o una sesión de ejercicio en su minigimnasio con vistas al skyline madrileño. Y sus dos grandes propuestas artísticas con espectáculo en vivo y en directo: Una Cena Cantada y Piano Jazz.

Así, alojarse en el Hotel Ópera supone mucho más que una simple estancia en el centro de la ciudad: es una oportunidad para vivir Madrid con todos los sentidos. Entre paseos por enclaves como la Plaza de Oriente o el Palacio Real de Madrid y una propuesta gastronómica y musical que combina tradición y creatividad, este hotel se presenta como una puerta de entrada privilegiada a la esencia cultural y culinaria de la capital.

 

 

Para más información y reservas:

https://www.hotelopera.com/

IMAGINA TODA UNA PROVINCIA PARA DISFRUTARLA EN SEMANA SANTA

Huelva puede presumir de tener algunos de los pueblos con las Semanas Santas mes emotivas, curiosas y seguidas.

Para hablar sobre la Semana Santa de Huelva hay que entender que no es solo una manifestación religiosa; es el alma de un pueblo que se vuelca en la calle, mezclando el salitre de la ría con el incienso que se queda impregnado a las paredes blancas de los pueblos.

 

En la capital, la Semana Santa es un despliegue de contrastes. Hay algo casi místico en ver a la Hermandad del Nazareno caminar por las calles del centro mientras la ciudad aún bosteza en la madrugá del Viernes Santo. No es solo la imagen, es el rachear de los costaleros sumado al ritmo de los tambores y las cornetas de la banda de música. O el fervor del barrio de El Polvorín, donde la Victoria se convierte en el epicentro de un sentimiento que desborda cualquier explicación lógica.

La capital es el punto de partida, pero la verdadera magia, esa que te eriza la piel por lo inesperado, se esconde en los senderos que llevan hacia la provincia.

Si hay un lugar que compite en belleza y sobriedad con las grandes capitales, ese es Ayamonte. Declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional, su Semana Santa es una pinacoteca viviente. Aquí, las imágenes no son solo objetos de culto; son obras de arte de una calidad excepcional.

Lo que hace especial a Ayamonte es su luz. Ver a la Hermandad de la Soledad recogerse mientras la luna se refleja en el Guadiana es una imagen que se queda grabada. Es una celebración señorial, elegante, donde el peso de la historia se siente en cada túnica. El desfile de la Agrupación de Cofradías es uno de los más antiguos de la provincia, y eso se nota en el rigor y el respeto con el que el pueblo vive cada salida procesional.

Si bajamos el ritmo y nos adentramos en la Sierra de Aracena y Picos de Aroche, el relato cambia. Aquí no hay grandes avenidas, sino calles empedradas y estrechas que obligan a los pasos a hacer filigranas para avanzar. En Aracena, el entorno del Castillo añade una capa de solemnidad casi medieval. La Hermandad de la Vera Cruz, con su Cristo del siglo XVI, es de una sobriedad que asusta y maravilla a partes iguales. Es el silencio de la montaña lo que marca el ritmo; aquí la fe es austera, recogida y profundamente auténtica.

En Higuera de la Sierra, la tradición tiene un matiz diferente. Aunque es famosa por su Cabalgata de Reyes, su Semana Santa mantiene ese espíritu de comunidad donde cada vecino tiene un papel. Es una celebración a escala humana, sin artificios innecesarios.

La Semana Santa en Moguer es poesía. No podría ser de otra forma en la tierra de Juan Ramón Jiménez. Es un equilibrio perfecto entre la monumentalidad de sus templos, como el Monasterio de Santa Clara, y la delicadeza de sus tallas. La salida del Cristo de la Sangre es uno de esos momentos que justifican cualquier viaje; la oscuridad se rompe solo con los hachones de cera y el murmullo de las promesas.

Por otro lado, Almonte vive una experiencia distinta. Aquí, la Semana Santa es el preámbulo de lo que vendrá después, pero tiene una identidad propia. El respeto que los almonteños profesan a sus imágenes es de una intensidad que sobrecoge. Es una fe que se toca, que se siente bien adentro.

No podemos pasar por alto Valverde del Camino. Su Semana Santa ha ido ganando peso por la calidad de sus bordados y su imaginería. El Señor del Santo Entierro, en su urna de plata, es una pieza que deja sin palabras. Es el orgullo de un pueblo que sabe trabajar con las manos y que pone ese mismo esmero en cuidar sus tradiciones.

La lista de pueblos sigue y sigue: la elegancia de La Palma del Condado, el recogimiento de Cortegana, o la viveza de Isla Cristina. Pero la Semana Santa de Huelva no se lee, sino que más bien se respira. Es el olor a azahar mezclado con la cera quemada, es el sonido de una saeta que corta el aire en una esquina cualquiera y es, sobre todo, esa sensación de que, por unos días, el tiempo se detiene para dejarnos ver lo que fuimos y lo que seguimos siendo.

Para aquellos que buscan una experiencia que les conecte con la raíz de la tierra, mejor olvidar los mapas y dejarse llevar por el sonido de una banda de cornetas a lo lejos. Allí donde encuentres a un pueblo mirando al cielo con esperanza, allí está la verdadera Semana Santa de Huelva.

 

Más información: www.turismohuelva.org

VIVIR SEMANA SANTA DISFRUTANDO DEL ENOTURISMO EN RIOJA ALAVESA SIEMPRE ES UN BUEN PLAN

Experiencias auténticas, naturales y respetuosas con el medio ambiente. Una forma diferente de pasar unos días de descanso conociendo un territorio que tiene todo para engancharte.

 

 

Esta Semana Santa, Rioja Alavesa se aleja de los itinerarios convencionales para ofrecer una inmersión auténtica en el alma del viñedo. Todo un viaje entre cepas, historia y vanguardia. Como en esta comarca la primavera es mucho más que una estación, merece la pena tomarse un tiempo para elegir una propuesta (o todas) para adentrarse en un territorio fascinante mediante el enoturismo. ¡Anótate algunas ideas!

 

Libertad sobre ruedas: El viñedo en movimiento

Para los amantes del aire libre y la independencia, la Ruta autoguiada en bicicleta eléctrica de Bodega Bideona es el punto de partida ideal. Sin prisas y a tu ritmo, esta experiencia permite recorrer senderos diseñados específicamente para descubrir la esencia natural de la zona. El plan culmina, como no podría ser de otra forma, con un picoteo opcional en su elegante Wine Bar.

Si prefieres una inmersión más guiada, la finca «El Regalo» propone un paseo de 3 km en e-bike que atraviesa paisajes históricos plantados en 1936. El broche de oro lo pone una cata de Izadi Blanco junto a una ermita romántica, maridada con queso Idiazábal, antes de descender a la sala de barricas donde descansa su vino más preciado.

El lenguaje de la tierra y sus secretos

La cultura del vino es, ante todo, respeto por el origen. La experiencia «Pasión por el Terroir» invita a entender esta filosofía mediante una visita dual a viñedo y bodega, coronada con la degustación de la gama Caecus y un aperitivo local que subraya los sabores de la tierra.

Para quienes disfrutan de las historias de familia y tradición, «Los secretos del viñedo y el corquete» es una cita ineludible. Esta visita guiada profundiza en las herramientas y saberes antiguos, incluyendo una cata de cuatro perfiles de vino distintos que narran la evolución de la uva desde la viña hasta la copa.

Regeneración y vistas infinitas

El compromiso con el entorno se manifiesta de forma creativa en actividades como «El poder regenerador del ser humano». Más allá de la vid, esta propuesta incluye un paseo teatralizado por un olivar centenario y un taller de «bombas de semillas», uniendo la interpretación generacional con una cata maridaje de aceites.

Finalmente, para quienes buscan la contemplación pura, la visita al viñedo «El Redondo» ofrece una de las panorámicas más bellas de la comarca. El recorrido concluye en el jardín de la bodega, un escenario idílico para una cata de vino y aceite con productos de cercanía, celebrando el lujo de la sencillez bien ejecutada.

Esta Semana Santa, Rioja Alavesa se vive a través de sus rutas, sus bodegas e impresionantes viñedos.

 

 

 

 

 

Más información:
https://www.rutadelvinoderiojaalavesa.com

www.visitriojaalavesa.com

UNA SEMANA SANTA CON ALMA PROPIA QUE CADA AÑO DESLUMBRA EN TOMELLOSO

Procesiones en las que el fervor y la admiración rezuman por los cuatro costados, sumados a la dedicación y al esfuerzo de una localidad volcada con su semana grande.  

 

Como en todo destino que vive sus fiestas compartiendo un sentimiento de fraternidad, unión y convivencia, Tomelloso disfruta una vez al año de una Semana Santa de esas que apetece visitar. Procesiones en las que los vecinos se vuelcan del primero al último, pasos e imaginería cuidada al detalle y fervor. Mucho fervor. La representación de los últimos días de Cristo en esta localidad manchega se vive con intensidad, de la mano de doce cofradías y hermandades. Si bien sus procesiones son dignas de seguimiento y disfrute, dos momentos sobresalen por encima del resto: la procesión del silencio y El Encuentro.

 

Silencio, oración y penitencia. Un resumen muy acertado de lo que se vive cada año en Semana Santa en la localidad de Tomelloso. Sus gentes viven con intensidad unos días que para muchos son de descanso y esparcimiento, pero para ellos es dedicación, algo de nervios y mucha devoción. Ese espíritu es muy fácil de contagiar. Sólo basta con dedicar tiempo para contemplar en respetuoso silencio, los pasos de La Entrada de Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos; la Oración y Juicio de Cristo el Jueves Santo; o la Presentación, que año tras año va alcanzando mayor protagonismo en una ya de por si intensa jornada de Viernes Santo donde coinciden con Camino del Calvario y el Entierro de Cristo.

Aunque si hay algo en lo que coincidirá la absoluta mayoría de tomelloseros a la hora de definir su Semana Santa, es la Procesión del Silencio, conocida también como «de las cadenas». Para muchos, el momento culmen, se celebra en la madrugada del Viernes al Sábado Santo. En ella participan numerosos penitentes que, en completo silencio, caminan portando cruces y arrastrando pesadas cadenas atadas a los pies. Es verdaderamente sobrecogedor llegar a las inmediaciones del recorrido por el que transcurre la procesión y no oír nada más que un tambor lejano que, cuando te acercas, queda sutilmente opacado por el sonido que emiten las cadenas arrastrándose por el asfalto. En perfecta sincronía, el paso pesado de los penitentes, sumado a la cadencia fúnebre del tambor y al silencio sepulcral de una audiencia absorta en la escena, regalan un momento que es de obligada visita.

Otro momento intenso en esta Semana Santa es El Encuentro, celebrada el Domingo de Resurrección. Se recuperó el año pasado con una imagen nueva del resucitado. Una procesión que regresa, ya que llevaba sin hacerse desde antes de pandemia.

Más allá de procesiones y pasos, Semana Santa es un momento de encuentro, de reunión y de celebración con familiares y amigos. Durante la semana se suceden diferentes actividades y la gastronomía típica de la época, como los potajes de vigilia o la repostería como hojuelas, rosquillos, torrijas y flores se convierten en alicientes para aparcar nuestra vida cotidiana y descubrir que en Tomelloso si se respira una Semana Santa con alma propia.

 

 

Más información: https://visitatomelloso.com/

RIAZA, UN FESTÍN ENTRE MONTAÑAS

El primer pueblo de Castilla y León en sumarse a la Red de Pueblos Gastronómicos de España tiene argumentos de sobra para conquistarte.

 

 

Hay lugares que se descubren con los ojos, pero que se conquistan con el paladar. Riaza, esa joya serrana de Segovia, es uno de ellos. Aquí, la gastronomía no es un simple acompañamiento al paisaje de piedra rojiza y aire puro; es un ritual, una tradición que se transmite de generación en generación, un motivo más para perderse por sus calles empedradas y quedarse, con el alma y el estómago, prendado.

Fuego, leña y maestría, ingredientes de lujo en una cocina con alma. El aroma a leña quemada guía los pasos del viajero. En los asadores de Riaza, el cordero lechal —cocinado solo con agua y sal— se doraba lentamente en hornos centenarios, desprendiendo una fragancia que es pura esencia de Castilla.

Pero no es el único soberano de estas tierras: la carne de bovino procedente de ganaderías propias se gana un lugar de honor en las mesas, especialmente en forma de jugosos chuletones a la brasa, acompañados de patatas de Riofrío de Riaza, célebres en la comarca y base de muchas calderetas tradicionales.

También destaca los productos de matanza; lomo, chorizo, morcilla y embutidos caseros, que han sido fundamentales en la gastronomía local. Sin olvidarnos, de maravillosos guisos que atesoran su rica micología, en los que setas y hongos de la sierra se convierten en exquisitos protagonistas.

Entre fogones, surgen creaciones innovadoras que demuestran que la cocina de Riaza, aunque anclada en la tradición, no teme a la modernidad. Pocas sensaciones colman más el apetito y la dicha que saborear una excelsa pieza de asado elaborada con tanta dedicación y mimo, pero en Riaza es el día a día.

Pero qué sería de un banquete sin su broche final. En Riaza, los postres son pequeñas obras de arte. Los amarguillos, con su equilibrio perfecto entre dulce y almendra, siguen una receta local que los hace únicos. También las tortas de chicharrones, que se deshacen en la boca de una manera delicada y sutil, mientras que las tortas sobadas —especialmente veneradas en Semana Santa— son un tributo a la harina, la manteca y el cariño puesto al amasar. Al final, la repostería de Riaza encuentra adeptos por doquier cuidando los pequeños detalles, donde el sabor y los ingredientes humildes se topan con la paciencia y buen hacer en los obradores y cocinas del pueblo.

La gastronomía aquí baila al ritmo de las estaciones y las fiestas. En Navidad, el lechal asado comparte mesa con las castañas cocidas con anís, cuyo perfume se mezcla con el humo de la lumbre, creando una atmósfera puramente embriagadora, casi se puede comer el aire. San Gregorio, Patrón del Ayuntamiento de Riaza, trae el bacalao en caldereta y la careta de cerdo, adobada y lentamente cocida. La Semana Santa huele a canela y vino clarete: es el tiempo de las torrijas y la limonada, esa bebida ancestral que se deja reposar al aire libre, capturando el alma de la primavera.

Y luego está San Juan, con sus hogueras y el chocolate espeso acompañado de bizcochos; o las romerías de Hontanares, donde las chuletillas de lechal a la parrilla y la tortilla de patatas se disfrutan bajo la sombra de los árboles. Incluso en las Fiestas Patronales, el jueves se convierte en una fiesta colectiva alrededor de una caldereta de toro de lidia, mientras “los porrones” pasan de mano en mano.

Riaza no se visita; se saborea. Cada plato es un relato de historia, de esfuerzo, de amor por lo bien hecho. Aquí, el acto de comer trasciende lo cotidiano: es un regreso a lo auténtico, a los sabores que ya no se encuentran en cualquier parte. Porque, después de todo, ¿qué mejor manera de recordar un lugar que a través del gusto? La mesa está puesta. ¿Te atreves a sentarte?

 

 

 

www.pueblosgastronomicos.com