El secreto de la verdadera magia de Menorca

 

Más allá de sus mil calas y playas, de su naturaleza, gastronomía y patrimonio, hay algo que distingue a Menorca y atrapa al visitante: su manera de entender la vida, forjada con el paso de las distintas civilizaciones que han dejado huella en ella. Los gestadores de la cultura talayótica, allá por el 1400 a.C., los romanos, los vándalos y los bizantinos, los musulmanes… y, más recientemente, los ingleses (sobre todo) y franceses. Todos ellos contribuyeron a definir el carácter del menorquín, que recibe al visitante con los brazos abiertos, dispuesto a que se sienta como en su propia casa. Un valor inmaterial pero que, sin duda, agradece el viajero, quien rápidamente olvida el estrés de la vida cotidiana para disfrutar por unos días de la mágica esencia de la isla. Un lugar donde se vive, siente y disfruta a ritmo slow. Tentador, ¿verdad?

 

‘El factor humano’ –título de una de las más prestigiosas novelas de Graham Greene– serviría para definir el secreto mejor guardado de Menorca: sus gentes que son las que dan vida a todo lo demás. Empezando por esas milenarias piedras que configuran una de las señas de identidad de la isla: la cultura talayótica, que en febrero de este año será presentada por España como candidata a Patrimonio de la Humanidad.

 

 

     Visitar un destino conlleva algo más intenso y profundo que la simple contemplación de monumentos o hacer selfies junto a ellos. Es sumergirse en la propia historia de cada uno para entender su verdadero significado, el resultado de lo que contemplan nuestros ojos. Y todo ello hay que saber contarlo, con orgullo y con pasión, como lo hacen los menorquines. Solo así es posible entender cómo esos conjuntos de milenarias piedras componen navetas, talayots, taulas o necrópolis, auténticas obras de arte pétreas de una civilización que empezó a marcar el destino de Menorca, su diferenciación como una isla única en el Mediterráneo.

 

La historia también está perfectamente fusionada con la conservación del territorio de la isla, Reserva de la Biosfera desde hace un cuarto de siglo. Dan fe de ello senderos como el Camí de Cavalls, 185 kms que recorren todo el perímetro costero y cuyos orígenes se remontan a 7 siglos atrás cuanto, en tiempos del rey Jaime II, se ordenó mantener un caballo armado para vigilarla ante posibles ataques por mar. O el Camí d’en Kane, construido durante la dominación británica (siglo XVIII) por orden del gobernador inglés Richard Kane y que durante un siglo se convirtió en el eje principal de Menorca, de Ciutadella a Maó. En la actualidad parte de este camino –desde Es Mercadal a Maó– es una ruta paisajística.

 

 

     También la gastronomía de Menorca –que le ha valido el reconocimiento de Región Europea de la Gastronomía 2022– es rica en matices de otras culturas que han dejado su poso en muchas de sus recetas. Como el vino, que implantaron los romanos; el cuscussó, dulce típico navideño, heredado de los árabes; la ginebra menorquina autóctona, el Gin Xoriguer, de influencia británica al igual que el brou de xenc (caldo ternera); o la salsa mahonesa, que durante la dominación francesa entusiasmó al Duque de Richelieu (siglo XVIII), quien ‘exportó’ la receta a Francia con el nombre de mahonnaise, en honor a Maó.

 

Y más allá de la propia tierra también está el cielo, que ya observaban los antepasados menorquines y que ha derivado en otro de los grandes atractivos de la isla, declarada Destino y Reserva Starlight por su nitidez nocturna, nula de contaminación lumínica.

 

El secreto de la verdadera magia de Menorca está, precisamente, en haber sabido mantener la autenticidad de esa esencia multicultural que ha impregnado el carácter menorquín. Historia, naturaleza, costumbres, tradiciones… pero, sobre todo, personas. Parad los relojes y disfrutad de esta magia de Menorca como hacen los menorquines: poc a poc.

 

                             Más información en: www.menorca.es

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