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Diez pistas para descubrir la más pura esencia de Tarragona

La herencia de su Tarraco romana, la dieta mediterránea y los castells vertebran el variado atractivo de una ciudad que marida a la perfección pasado y presente

 

En Tarragona, la historia sale de las piedras y cobra vida. Porque es mucho más que un inmenso museo al aire libre de la época romana, uno de sus tres Patrimonios de la Humanidad junto con los castells y la dieta mediterránea. Tarragona es también encanto medieval, es belleza modernista, es vocación marinera… Un crisol de fascinantes vivencias que podrían sintetizarse en una: apoyarse en la majestuosa barandilla de su ‘Balcón al Mediterráneo’, respirar profundamente… y empezar a soñar.

 

Pocas son las ciudades en las que pasado y presente se fusionan en una simbiosis tal que convierte el paso del tiempo en un espectáculo urbano en sí mismo Y menos las que pueden presumir de tres Patrimonios de la Humanidad por la Unesco. Fascinante y variopinta, Tarragona atrapa, cautiva, seduce. Estas son las 10 pistas indispensables para descubrirlo… e inhalar su más pura esencia.

1 – El Anfiteatro romano. La joya de Tarraco, símbolo de una cultura gestada en el siglo III a.C. cuando los romanos fundaron aquí su primera fortificación más allá de la Península Itálica. Lo arropa una fascinante ruta con otros monumentos como el Circo, el Teatro, las Murallas, el Acueducto, el Foro… y una gran maqueta que la unifica.

2 – La Part Alta. Así se conoce al casco antiguo. Un laberinto de callejuelas –algunas fascinantes, como la Baixada de la Misericordia, en curva– y plazas como la de la Font, sede del Ayuntamiento, o la plaza del Fòrum, con mercado al aire libre.

3 – La Catedral. Del siglo XII-XIV, está dedicada a Santa Tecla, patrona de la ciudad. Con un impresionante rosetón en su fachada, es el epicentro de una ruta medieval que transcurre ­–entre otras­­– por la calle Mayor o la porticada calle Mercería.

4 – Mercado Central. Referente modernista de otra ruta que incluye 31 edificios, la mayoría en la Rambla Nova, y el Santuario de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, que acoge las dos primeras obras de Gaudí cuando era estudiante de arquitectura.

5 – La Capilla de Sant Pau. Integrada en el edificio del Seminario, es una de las joyas de la ruta de los Primeros Cristianos, que cuenta con otros lugares como el Museo y Necrópolis Paleocristianos, el Museo Diocesano o el conjunto de Centcelles.

6 ­– Los Castells. Un monumento en la Rambla Nova representa esta gran tradición. La ciudad cuenta con cuatro colles y acoge todos los años pares en su Tarraco Arena Plaza (octubre) el Concurso de Castells, el más importante del mundo casteller.

7 – El Serrallo. El barrio marinero, gestado a mediados del siglo XIX, arropa al muelle pesquero, con sus vetustas barcas, un conjunto de bellas casas de fachadas coloreadas, la Lonja, el Museo del Puerto y el Moll de Costa, espacio de paseo y ocio.

8 – Gastronomía excelsa. Más allá del romesco, su plato estrella, su dieta mediterránea, Patrimonio de la Humanidad, se nutre de los frutos del mar (marisco, gamba roja, pescado azul), de la huerta (calçots)… y los vinos de la D.O. Tarragona.

9 – 15 kilómetros de playas. Tarragona es una capital mediterránea que mira y toca al mar como lo prueban sus 7 playas y 3 calas. Entre ellas, dos notables arenales sin salir del entorno urbano: Playa del Miracle, frente al Anfiteatro romano, y l’Arrabassada.

 

   10 – Rambla Nova. La más majestuosa pasarela desde el epicentro urbano de Tarragona –plaza Imperial Tarraco– hasta el mar. 700 metros plagados de árboles, terrazas, tiendas, casas modernistas y señoriales, y un gran paseo central. Y al final, otra joya modernista, el Balcón al Mediterráneo, al que a diario acuden tarraconenses y foráneos para cumplir la tradición de tocar ferro (tocar hierro) apelando a la buena suerte mientras admiran el Mare Nostrum desde tan majestuoso palco urbano.

    Más información: www.tarragonaturisme.cat

Castelló, un mágico triángulo natural que enamora

Montaña, mar y huerta se fusionan en esta capital levantina que cautiva, convertida en un oasis de bienestar y relajación a orillas del Mediterráneo

 

Gestada en lo alto de un cerro, bajó al llano para, desde allí, acariciar el mar. Un casco antiguo cargado de historia, tranquilo y muy manejable, conecta con un distrito marítimo –el Grau– donde los frutos del mar llegan a su lonja y maridan su rica gastronomía con los variados productos de su huerta. Aroma de naranjos que se funde con la suave brisa del Mare Nostrum y una privilegiada climatología, con más de 300 días de sol al año. Y 4 kilómetros de costa divididos en tres playas donde pasear relajadamente… y hacer que el tiempo se detenga.  

 

 

Aunque se asiente en el llano –en esa Plana que de da ‘apellido’– la historia de Castelló arranca en lo alto de una colina: el cerro de la Magdalena, presidido por un castillo de origen árabe, el Castell Vell, y una posterior ermita. El castillo fue conquistado por el rey Jaime I en 1233 pero las duras condiciones de vida de aquella zona hicieron que, una vez en poder de los cristianos, el monarca accediera a su traslado. Y allí, en la fértil alquería de Benirabé, la ciudad fue creciendo y consolidándose a orillas del Mediterráneo.

 

Sumergirse en su casco antiguo es disfrutar de su esplendor medieval que tiene su corazón en la Plaza Mayor, donde conviven armoniosamente el ayuntamiento –en un palacio neoclásico–, la gótica Concatedral de Santa María, el Mercado Municipal y el gran símbolo de la ciudad: el Fadrí, una torre-campanario octogonal, aislada del templo religioso, cuyas 11 campanas anunciaban los más importantes acontecimientos.

Pero Castelló es también un gran museo al aire libre, con algo más de un centenar de esculturas repartidas por calles y plazas y una decena de llamativas pinturas murales decorando edificios. Y para oxigenarse, nada mejor que un relajado paseo por cualquiera de su docena parques y jardines, entre los que destaca el de Ribalta, en el centro de la ciudad, junto a los modernistas edificios de la Farola. Y a las afueras, dos maravillosos parajes naturales: el Desierto de Las Palmas, que alberga varios castillos; y la Magdalena, con su sagrado ermitorio.

Dos grandes avenidas constituyen la majestuosa pasarela que conduce hasta su distrito marítimo, el Grau, donde cohabitan el puerto comercial, el pesquero y la lonja, que nutre a la cocina castellonense de sus frutos del mar: pulpos, sepias, galeras…. Y frente al Grau, otra maravilla natural: las islas Columbretes; cuatro grupos de islotes volcánicos con un valioso fondo submarino.

 

Sus 4 kilómetros de costa están repartidas en tres playas –el Pilar, Gurugú y Serradal– todas con bandera azul. El lugar perfecto para descalzarse y pasear relajadamente por su fina y dorada arena, disfrutando de un sentimiento de libertad y bienestar donde cuerpo y mente se funden en mágica armonía.

       Más información en la web: https://www.castellonturismo.com

Cinco experiencias ilusionantes en Roses

La localidad de la Costa Brava hace honor a su nombre y, arropada de un gran entorno natural, destila un aroma que invita a embriagarse de su esencia mediterránea

 

Pasear por su majestuosa bahía haciendo que el tiempo se detenga. Adentrarse en sus fascinantes Caminos de Ronda que serpentean por su recortada costa hacia el Finisterre catalán: el cabo de Creus. Respirar el más puro aire de sus tres parques naturales. Emprender un mágico viaje de 25 siglos por el túnel del tiempo de su Ciudadela. Otear el horizonte desde lo alto de un fortín militar del siglo XVI para enamorarse con las mejores puestas de sol de la Costa Brava. Un rosense repóker de experiencias estimulantes… e inolvidables

 

 

         Agazapada en un coqueto rincón de la Costa Brava que sedujo a los griegos –sus fundadores– en el siglo VIII a.C., Rhode –como la bautizaron­– también cautivó a los romanos, que en el año 218 a.C desembarcaron por vez primera en la Península Ibérica atraídos por las condiciones de su puerto natural, su estratégica ubicación y su excelente comunicación. Y así ha seguido seduciendo, siglo tras siglo, año tras año. Porque Roses invita a soñar, a respirar aire puro, a recuperar ilusiones con vivencias experienciales. Como estas cinco…

 

1 – Pasear por una majestuosa bahía. En 2011 entró a formar parte del club de ‘Bahías más bellas del mundo’, distinción avalada por la Unesco. Empezar a caminar desde el puerto por su Paseo Marítimo es relajar el cuerpo y la mente sintiendo la brisa mediterránea acariciando las mejillas, en un paso a paso que no parece tener final. Una bahía que abraza y envuelve, que convierte las aguas que protege en una tranquila piscina natural.

2 – Serpentear por Caminos de Ronda. Trazados entre la frondosa naturaleza para acoger las rondas o turnos de guardia que tradicionalmente hacían las patrullas, siguiendo la línea de la costa para vigilar el contrabando, hoy día son la mejor manera practicar senderismo descubriendo los más bellos rincones y calas de la Costa Brava. En especial el Camino de Ronda que va desde Cala Montjoi hasta Cadaqués, por el GR92.

3 ­– Oxigenarse en tres parques naturales. El del Cabo de Creus, primer lugar de la península por donde sale el sol, además de su gran biodiversidad y sus mágicas vistas acoge un majestuoso monasterio: Sant Pere de Rodas. Els Aiguamolls del Empordà son un fantástico humedal con varios observatorios de las aves que reposan en sus lagunas. Y la Albera es un paraje natural que, además, alberga testimonios megalíticos y románicos.

4 ­­– Regreso al pasado en su Ciudadela. Este gigantesco museo arqueológico al aire libre permite un relajado paseo de 25 años por la historia a través de las huellas griegas, romanas y medievales, como el monasterio románico lombardo de Santa María, del siglo XI.

5 – Un fortín militar del siglo XVI. El Castillo de la Trinitat­, fortaleza de artillería, cautiva por su curiosa estructura –en forma de estrella de cinco puntas–, su terraza panorámica sobre Roses y la bahía, y una museización en 3D, con recreación virtual de paisajes y escenarios que reproducen cómo era allí la vida cinco siglos atrás.

                                   Más información en: http://ca.visit.roses.cat/

Formentera, con los cinco sentidos

La isla balear hace aflorar todos los sentimientos desde el mismo instante en que el ferry que conduce a ella desembarca en La Savina

 

Ver y enamorarse con amaneceres y atardeceres desde sus dos extremos, junto a sus faros. Escuchar la sinfonía de un birding que congrega a más de 200 especies de aves a lo largo del año. Oler su peculiar flora paseando a pie o en bicicleta por sus 32 Rutas Verdes. Degustar su sabrosa gastronomía de proximidad amparada en la filosofía culinaria slow food. Pisar descalzos la arena de sus paradisíacas playas y calas sumergiéndonos luego en sus cristalinas aguas turquesa. Formentera es naturaleza
en estado puro… para disfrutar con los cinco sentidos.

 

 

La menor de las Pitiusas se despierta dando los buenos días al sol que amanece por el horizonte mediterráneo en su extremo oriental, el faro de la Mola; el mismo que inspiró a Julio Verne en una de sus grandes novelas: ‘Hector Servadac’. Y lo despide cada atardecer, por el sudoeste, en el faro del cabo de Barbaria, viendo cómo se acuna de nuevo en el Mare Nostrum mientras el cielo lo arropa tiñéndose de mágicos tonos rojizos.

 

Recorrer a pie el Camí des Brolls –de gran riqueza biológica y singularidad paisajística– que rodea el Estany Pudent, permite escuchar y observar a diferentes especies de aves, entre ellas los estilizados flamencos. Pero el birding es también sensible y visible en los islotes de Es Freus, santuario de aves marinas; en el Estany des Peix, en la meseta de Mola o en la planicie de Barbaria, donde revolotean la Sylvia Baleárica o la Terrera común.

Inhalar el aroma que destila el singular paisaje de pinos y sabinas, de romeros o enebros, es uno de los alicientes de sus Rutas Verdes, 32 circuitos polivalentes que entrelazan caminos que suman más de un centenar de kilómetros, la mayoría accesibles pedaleando. Entre ellas, las de Es Trucadors o el Camí de sa Pujada.

Del olfato… al gusto. Verdura ecológica, pescado seco, cordero, queso mixto (de cabra y oveja)… Formentera es gastronomía tradicional vinculada al mar y a la agricultura de secano, con productos autóctonos, vino de la tierra y mucho, mucho sabor. Todo, bajo una filosofía culinaria slow food (comer con tranquilidad valorando la calidad) de la que se ha editado un mapa-guía para localizar y adquirir producto local.

 

Y con mucho tacto. Así se siente también la pequeña Pitiusa; con la sensibilidad a flor de piel que supone caminar descalzos por playas y calas como Llevant, Caval d’en Borràs, Migjorn, Ses Platgetes, Es Pujols, Cala Saona… o la mítica Ses Illetes, siempre entre las mejores del mundo. Y luego, como no, ‘entregar’ los cuerpos al Mediterráneo para que sus cálidas y transparentes aguas los acaricien e impregnen de su mágica esencia natural.

 

www.formentera.es

233 años trabajando en el Hotel Alhambra Palace granadino

Cinco empleados del hotel se han jubilado recibiendo el homenaje a las más de cuatro décadas dedicadas, cada uno de ellos, al 5 estrellas de la capital andaluza

 

Paco, jefe de cocina: 46. Felipe, camarero: 45. Antonio López y Antonio Castillo, ambos del economato: 46 y 47. José Manuel (Pepito), barman: 49. Entre los cinco suman 233 años de absoluta entrega y dedicación al Alhambra Palace; toda una vida laboral. La grandeza de este 5 estrellas no solo está en la variada y selecta clientela de personajes ilustres que ha acogido en sus 110 años de historia. Sus paredes palaciegas y solemnes salones son también el ‘otro hogar’ de humildes trabajadores que han sido –y son­– el alma anónima de mucho más que un hotel.

 

Paco Ribas estaba a punto de cumplir 17 años cuando la delicada situación familiar, al quedar huérfano de padre, le llevó a llamar en 1973 a las puertas del Alhambra Palace, el mismo hotel que medio siglo antes –el 1 de enero de 1910– había inaugurado solemnemente el rey Alfonso XIII, bisabuelo de nuestro actual monarca Felipe VI. “Me dieron la opción de empezar a trabajar como botones, de aprendiz de camarero o en la cocina. Y elegí los fogones porque era lo que más me gustaba”.

 

Y se ha jubilado, como jefe de cocina, después de 46 años preparando miles de platos para reyes, políticos, cantantes y actores que han desfilado por este 5 estrellas de estilo palaciego. Atendiendo a curiosas peticiones, como la de unos príncipes árabes. “Son muy especiales en lo que a la comida se refiere e incluso un día tuvimos en ir en taxi al centro de Granada para buscar un condimento que nos habían pedido y no teníamos”.

 

José Manuel Jiménez –Pepito para todos, aunque pueda ser el padre de muchos– llegó aún más joven, con apenas 14, y ha permanedido casi medio siglo: 49 años. “Mi padre también trabajó en este hotel, 42 años, y desde pequeñito soñaba con tener la oportunidad de labrarme aquí mi futuro”. La tuvo… y la aprovechó.

 

Tras empezar como aprendiz en el comedor, Pepito pasó al bar, donde echó raíces convirtiéndose en experto barman. “El hotel es como una gran familia y quien se amolda ya es incapaz de vivir sin ella; el Alhambra Palace me lo ha dado todo”. Pepito también guarda con cariño en su memoria decenas de anécdotas, como cuando “a Sofía Loren se le escapó el perro y salió de su habitación en camisón para buscarlo por los pasillos”.

 

Paco Ribas y Pepito Jiménez, como Felipe Tortosa –camarero con 45 años en el hotel–, Antonio López –del equipo de economato, 46–, o Antonio Castillo –también del economato, con 47 años de servicio–, pusieron punto final a toda una vida laboral dedicados en cuerpo y alma al Alhambra Palace. Entre los cinco suman la friolera de 233 años de generosa entrega; más de dos siglos de trabajo… en un hotel centenario. Por ello recibieron recientemente el justo reconocimiento en el momento de su jubilación.

 

Todos ellos coinciden en haber encontrado allí su ‘otro hogar’, disfrutando del compañerismo que ha hecho posible que el Alhambra Palace mantenga un espiritu de voluntad de servicio en busca de la excelencia que es tanto o más importante que el lujo palaciego que destila este 5 estrellas granadino ubicado a los pies de la Alhambra.

 

Más allá del paso de ilustres figuras de todos los ámbitos, desde el Aga Khan a los Principes de Gales; de Charles de Gaulle a Eva Perón; de García Lorca a Vargas Llosa; de Von Karajan a Zubin Mehta; del premio Nobel Severo Ochoa al Papa Clemente; de Yul Brynner a Lauren Bacall; de Orson Welles a Pedro Almodóvar… la historia del Alhambra Palace también la escribe su equipo humano. Ellos son el alma anónima de “un hotel atípico, porque desde que llega el cliente todos vamos a una, a intentar resolver cualquier problema por pequeño que sea”. Lo afirma Paco Ribas, ex jefe de cocina.

 

Más información del hotel en su web: www.h-alhambrapalace.es

Menorca, repóker de emociones

Reserva de la Biosfera, Destino Starlight, Destino Sostenible, Isla del Deporte, Región Gastronómica Europea 2022… Menorca lo tiene todo para enamorar

 

Practicar senderismo o running por su histórico Camí de Cavalls. Admirar su singular cultura talayótica. Relajarse al sol en su centenar de playas y calas para todos los gustos. Pasear a caballo. Degustar su sabrosa gastronomía de proximidad, que le ha valido el reconocimiento internacional. Cinco experiencias emocionales para desconectar y disfrutar en esta isla balear.

    

     Si Ulises, de regreso a Ítala, hubiera pasado por esta isla también habría quedado atrapada por ella. No por los seductores cánticos de sirenas descritos en ‘La Odisea’ de Homero sino por el magnetismo de su cultura talayótica… y por sus calas, recónditas y mágicas, que invitan a perderse, a detener el tiempo. Un oasis de relajación en el Mediterráneo, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO. Un iceberg de naturaleza y sosiego que ofrece mucho más de lo que puede verse a simple vista. Un tesoro emocional accesible a través de un repóker de experiencias como estas.

1 – Senderos de historia. Los mejores paisajes de la isla se contemplan recorriendo los 185 kilómetros repartidos en 20 tramos del Camí de Cavalls, una ruta senderista (GR223) cuyos orígenes se remontan al siglo XIV, cuando el rey Jaume II ordenó a los caballeros menorquines poner vigilancia a caballo por el perímetro costero.

2 – Piedras que hablan. Más de 1.500 yacimientos arqueológicos en apenas 700 km2 dan una idea de la importancia de la cultura talayótica menorquina, que se remonta a más de 4.000 años atrás, con navetas, talaiots, taulas, poblados y necrópolis, entre los que destacan la Naveta des Tudons (Ciutadella) o los poblados talayóticos de Trepucó (Maó) y Torre d’en Galmés (entre Alaior y Son Bou).

3 – Acariciando el Mediterráneo. Sus 216 kilómetros de recortada costa dan cobijo a un sinfín de rincones para disfrutar del mar. El sur es la zona más suave y la que protege mayor número de calas y playas, como Es Talaier, Macarella, cala Mitjana o Es Caló Blanc. El norte, más agreste y salvaje, sorprende con otras de formaciones rocosas y arcillas rojas, como Cavalleria, Pregonda, Cala Pilar o Binimel·la.

4 – A caballo o en bicicleta. De capa negra, fuertes crines y viva mirada. Así son los caballos menorquines, una de sus señas de identidad. Recorrer la isla a lomos de ellos es algo único. Como también hacerlo en bicicleta, a través de los 21 trazados cicloturistas perfectamente señalizados de una isla que apuesta por la sostenibilidad.

 

5 – Tentaciones para el paladar. Más allá de la Caldereta de langosta, su plato más conocido, la cocina menorquina es rica en matices y sabores. Una tradición con productos de proximidad, de mar y tierra; desde el pulpo o la raya, a la perdiz, la carne de vaca roja, el queso DO Mahón-Menorca… o incluso el vino. ¡Qué aproveche!

 

                                 Más información en: www.menorca.es