Del 23 al 29 de junio la localidad cacereña vive una de sus fiestas grandes con cultura, deporte, folklore, gastronomía y un respeto reverencial a la figura del toro.
Coria se transforma cada solsticio de verano en un escenario vivo donde la historia y la tradición se respira en las calles. Entre sus murallas romanas y el eco de siglos superpuestos, tiene lugar año tras año una Festividad Religioso-Popular declarada de Interés Turístico Nacional: las Fiestas de San Juan. Aquí, la magia y el mito se conjugan con el fuego, en un culto ancestral al toro que hunde sus raíces en la cultura vettona, estirpe celta y primigenia moradora de la antigua Caura.
Para los caurienses y los visitantes que disfrutan cada año de esta festividad, el toro no es solo un animal; es un emblema, un símbolo sagrado heredado de aquellos primeros pobladores que basaron su economía en la ganadería y adoraron al fuego como renacimiento del astro sol. Historia, cultura y costumbre se funden para inmortalizar al “Toro” como el indiscutible protagonista de estas jornadas.
Un espectáculo arraigadamente suyo que despliega la hospitalidad de Coria y revela su singular manera de entender la lidia por las calles del Casco Histórico, un genuino túnel del tiempo que se convierte en el escenario de un patrimonio cultural inmaterial único. Una ciudad que nació hace milenios y que, año tras año, suspira y se desvive por unas fiestas que no conocen de edades, sexos ni razas, pues tan solo saben que, del 23 al 29 de junio, tienen una cita ineludible con el Pueblo de Coria.
El calendario festivo se abre con solemnidad y misterio. La noche del 23 de junio, la “Quema del Capazo” en la Plaza de España ritualiza el culto pagano al sol: una hoguera purificadora donde el público salta y danza, rememorando los ancestrales ritos celtas bajo el cielo del solsticio. Pocos instantes después, el fervor religioso toma el relevo con la solemne procesión de San Juan Bautista, donde las peñas imponen sus insignias al Santo, encomendándose a su protección ante las embestidas.
La agenda cultural se complementa con el carismático nombramiento de la Abanderada, amenizado con una tradicional invitación popular de perrunillas, gazpacho y ponche, y una vibrante sucesión de conciertos en la Plaza de la Paz. Desde la nostalgia del pop y el indie (“Maldita Nerea”, “Salistre”, “Puroindie”) hasta la energía electrónica de “Marsal Ventura” y “DJ Totote”, la música acompaña hasta el cierre, marcado por un espectacular Castillo de Fuegos Artificiales desde el histórico Puente de Hierro sobre las remansadas aguas del río Alagón.
Pero es en el amanecer y el atardecer cuando Coria demuestra que su ADN es bravo. El tradicional “Traslado de Bueyes a Caballo” desde la Dehesa de Mínguez, vadeando el río Alagón hasta las puertas de la ciudad amurallada, es una estampa viva del pasado. Le sigue el “Encierro de Capeones” y la emblemática lidia de la “Vaca de la Rana”, prólogo festivo en la plaza del Rollo.
Cada jornada, en las calles se puede llegar hasta respirar esa mezcla de adrenalina y emoción con los encierros y las lidias tradicionales de toros de ganaderías de solera y prestigio (Barcial, Victoriano del Río, Juan Luis Fraile, Torrestrella, Osborne, San Martín…), donde la masa festiva se agolpa en rejas y balcones para vivir, de una forma vibrante a la vez que cercana, una de las fiestas más auténticas de Extremadura y de España.
Más allá del toro y el fuego, Coria se mueve también a ritmo de deporte y comunidad. Las fiestas se extienden en una oferta que invita a la participación activa: desde el emblemático 41º Cross Urbano “Ciudad de Coria” y las salidas ciclistas hacia la Sierra de Gata, hasta los torneos de fútbol sala y los concursos de pesca, actividades que tejen lazos intergeneracionales y refuerzan el espíritu de un pueblo que celebra su identidad tanto en la arena como en la naturaleza.
Finalmente, tras vivir el vértigo de las calles y la calidez de su gente, conviene detener el paso en la Catedral de Santa María de la Asunción. Allí, entre la serenidad de sus muros centenarios, se puede admirar el Sagrado Mantel de la Última Cena, auténtico tesoro y orgullo eterno de los caurienses. Una reliquia que, con su silenciosa grandeza, corona la visita a una ciudad que sabe honrar su pasado en cada uno de sus rincones.
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