En la localidad cordobesa empieza a notarse en el ambiente el primer cosquilleo, preámbulo de lo que se viene por delante.
Hay pueblos que se visitan y pueblos que, además se escuchan. Baena pertenece, irremediablemente a los segundos. Al llegar allí, la cal de sus fachadas te ciega con esa luz limpia del sur, pero es el oído el que primero advierte que algo extraordinario está a punto de suceder. No es el silencio místico de Castilla, ni la alegría desbordada de Sevilla. Es otra cosa. Es un latido metálico y persistente que nace en el pecho de sus ciudadanos y se escapa por las baquetas.
La Semana Santa aquí es un lenguaje sin palabras. Los tambores, fabricados a mano con el celo de quien custodia un secreto centenario transmitido de generación en generación, no son instrumentos, sino más bien extensiones del alma de los baenenses. En las calles estrechas, el sonido rebota, se amplifica y te envuelve hasta que pierdes la noción del tiempo.
Pero si el oído manda, la vista no se queda atrás. Cada procesión es un ir y venir de túnicas donde cada color narra una virtud: el morado de la penitencia, el negro del luto riguroso del Viernes Santo o el blanco que anuncia la luz divina. Y en medio de esa marea cromática, las figuras de los Judíos, con sus cascos cincelados y esos plumeros vibrantes y llamativos que parecen cobrar vida propia al ritmo de la marcha.
Más que imaginería, lo que Baena saca a la calle cada Semana Santa es su historia. Desde la imaginería barroca con sellos de maestros como Pedro de Mena, hasta la teatralización de pasajes que convierten las plazas en escenarios vivos donde Judas traiciona y el destino se cumple bajo el humo del incienso. Al final del día, cuando el cuerpo pide tregua, el pueblo te abraza con un potaje de vigilia o unas flores de sartén bañadas en azúcar, recordándote que en Andalucía, que en Baena, la fe también se saborea.
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