Si consideráramos a Menorca un museo al aire libre, Alaior tal vez debería considerarse como una de sus salas más sofisticadas y laberínticas. Alzándose con una elegancia natural sobre una colina, la localidad juega a un engaño visual que la hace parecer uno de los puntos más elevados de la isla. No es tal la altitud, pero sus empinadas cuestas configuran una red de calles que parecen diseñadas para otorgar protagonismo a una población con más de 700 años de historia documentada.
Este entramado urbano culmina en la plaza de la Constitución, custodiada apenas unos metros más arriba por la iglesia de Santa Eulàlia. Desde las alturas, el templo domina el paisaje y ratifica su posición como el epicentro originario de la ciudad. Pero en Alaior, además, cobra mucha importancia el legado industrial y académico de la isla, albergando la sede universitaria de la Universidad de las Islas Baleares en el señorial edificio de Can Salort, mientras despliega un programa cultural que la define, hoy más que nunca, como una población profundamente artística.
En Menorca, el patrimonio está marcado a fuego en cada piedra, y en Alaior, esa herencia cobra una relevancia monumental. El término municipal custodia algunos de los yacimientos mejor conservados de la cultura talayótica, un pasado único en el mundo que recibió el reconocimiento como Patrimonio Mundial de la UNESCO. Torre d’en Galmés se podría considerar el “coloso de la prehistoria balear”. Con seis hectáreas de extensión, su monumentalidad se manifiesta en tres talayots, casas de planta circular y un ingenioso sistema de recogida de aguas.
También es necesario conocer Torralba d’en Salort. Un yacimiento vivo que cada invierno revela nuevos secretos. Aquí se encuentra la taula más alta de Menorca, una estructura de cuatro metros de altura que desafía el tiempo, y donde se halló el icónico toro de bronce que hoy descansa en el Museo de Menorca.
El legado de Alaior no se detiene en la prehistoria. La costa sur revela joyas de la arquitectura paleocristiana como la Basílica de Son Bou, orientada hacia el sudeste frente al mar, rodeada de enterramientos simples y restos de lo que probablemente fueron estancias monacales.
De regreso al núcleo urbano, la arquitectura civil reclama su espacio. Entre los espacios que vertebran la vida cultural de la ciudad, el Centre Cultural Convent de Sant Diego ocupa un lugar privilegiado, tanto por su peso histórico como por la ambición del proyecto que lo ha devuelto a la ciudadanía. Un espacio musealizado de notable riqueza que aprovecha la propia estructura conventual para articular cuatro ámbitos diferenciados. El dinámico Pati de Sa Lluna, a pie de calle, acoge exposiciones temporales y actividades culturales; las entreplantas se reservan a convenciones; y la primera planta alberga las exposiciones permanentes, entre las que destaca L’essència de Menorca, una mirada etnológica a la isla a través de la colección Llambies, y El calçat a Menorca: de l’artesania a la indústria, guiño explícito al legado zapatero que forjó la identidad económica de la ciudad entre los siglos XIX y XX. La segunda planta acoge el Centre de Cultura Gastronòmica, con cocina laboratorio, espacio para demostraciones y aulas de formación, un reconocimiento a esa gastronomía que en 2022 situó a Menorca como Región Europea de la Gastronomía. Y si hay una aportación notable a la gastronomía de la isla por parte de Alaior, es, desde luego, su queso. De vaca, redondo, textura firme y sabor que varía dependiendo de si es curado o semicurado, se considera a Alaior la cuna del queso de Menorca.
Alaior, en definitiva, se presenta como un compendio de esa Menorca que se ha construido a base de estratos: desde el misticismo de sus monumentos talayóticos hasta la efervescencia de su vida universitaria actual. Una tierra donde cada rincón es, en esencia, un legado vivo.
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