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EL VERDADERO TESORO DE TOMELLOSO SE ENCUENTRA BAJO NUESTROS PIES

Visitar las cuevas de Tomelloso es uno de los planes más fresquitos y recomendables para hacer en estas fechas, porque, además, te mostrarán la verdadera idiosincrasia de una gente orgullosa de sus raíces y su tradición.

 

Si bien es cierto que los museos son verdaderos templos del conocimiento y el entendimiento de los pueblos, y que Tomelloso también los tiene, las cuevas, todo un mundo bajo los pies de esta ciudad, merecen un capítulo aparte. Si alguna vez caminas por el centro de esta ciudad manchega y ves unas rejas metálicas situadas en el suelo, no las pises sin antes detenerte un segundo. Lo que hay debajo no es una alcantarilla ni un sótano cualquiera. Es, literalmente, la razón por la que Tomelloso existe tal como la conocemos hoy.

Hacia 1820, los vecinos de Tomelloso empezaron a hacer algo que, visto desde fuera, suena casi a locura colectiva: se pusieron a excavar. Bajo sus propias casas, con picos y a base de brazos y esfuerzo, fueron abriendo huecos en la tierra que con el tiempo se convertirían en más de 2.500 cuevas. Todas con el mismo propósito: hacer vino y guardarlo bien.

El trabajo no era sencillo. Los «picadores» eran los encargados de abrir camino con sus herramientas, horadando el subsuelo hasta dar forma a naves con bóvedas en arco de medio punto. Pero no lo hacían solos. Las «terreras» —mujeres, en su mayoría— se encargaban de subir a la superficie toda la tierra y la arena que salía de las entrañas de la tierra. Un material que tampoco se desperdiciaba: buena parte de él acabó pavimentando calles o levantando las propias casas del pueblo.

La geología de la zona se prestaba para esto. El techo de cada cueva lo forma una capa de roca tosca —lo que aquí llaman ‘la tosca’— de entre dos y cinco metros de espesor. Una cubierta natural que mantiene el interior a una temperatura estable, sin sobresaltos, perfecta para que el vino fermente y repose sin que el calor del verano manchego ni el frío del invierno lo estropeen. La profundidad media de estas cuevas ronda los 12 metros. No es poca cosa.

Las rejas que se ven en las aceras tienen nombre: lumbreras. Son unas hendiduras practicadas en los techos de las bóvedas con dos funciones bien concretas. La primera, dejar entrar la luz, que baja perpendicular hasta el interior. La segunda, y no menos importante, eliminar el gas carbónico que se genera durante la fermentación del mosto. Que la uva en proceso de convertirse en vino produce gases es algo que los tomelloseros de hace dos siglos ya sabían de sobra, aunque no lo explicaran con esa terminología.

Dentro de esas cuevas había de todo: grandes tinajas de barro, escalas, filtros, bombas. El equipamiento completo de una bodega familiar que producía para venderlo y, en muchos casos, también se reservaba una parte para el autoconsumo. Si se pudieran poner todas las antiguas cuevas-bodega de Tomelloso en fila, formarían un túnel de más de 40 kilómetros. Eso da una idea de la escala de lo que se construyó aquí.

Lo que significan para la ciudad

Tomelloso no sería lo que es sin estas cuevas. No es una frase hecha. El vino fue el motor económico que hizo crecer el pueblo, y las cuevas fueron la infraestructura que hizo posible ese vino. Son, en ese sentido, el patrimonio más honesto que tiene la ciudad: no se construyeron para impresionar a nadie, sino para trabajar. Y precisamente por eso impresionan.

Cabe mencionar, además, que no todas tienen el mismo origen ni la misma edad. Las hay anteriores a 1750 —las más antiguas, que en su día no se usaban para elaborar vino sino para otros fines— y las hay más recientes, espaciosas, que ya se consideran obras arquitectónicas de cierta entidad. Es un patrimonio con capas, nunca mejor dicho.

Hoy, la industria vinícola ha cambiado radicalmente. Los depósitos de acero inoxidable y los sistemas de temperatura controlada han dejado obsoletas estas bodegas subterráneas para la producción a gran escala. Pero las que se conservan siguen en pie, con el mismo silencio y la misma temperatura de siempre.

La asociación que no deja que se olvide

Todo ese patrimonio, sin embargo, corre un riesgo real: el olvido. Y ahí es donde entra la Asociación Amigos de las Cuevas de Tomelloso.

Se trata de una entidad sin ánimo de lucro cuyo objetivo es doble: preservar las cuevas y darlas a conocer. No es un trabajo menor. Porque aquí hay una particularidad que no tiene ningún museo convencional: las cuevas no son propiedad pública. Se accede a ellas a través de viviendas privadas, de los propios vecinos que las tienen bajo sus casas. Eso convierte cada visita en algo distinto a entrar en un yacimiento arqueológico o en un monumento catalogado.

La labor de divulgación que ha ido realizando la asociación ha generado un interés creciente entre agencias de viaje y grupos organizados de toda España que quieren conocer este rincón subterráneo. Ese interés, lejos de ser un problema, ha obligado a ordenar y racionalizar las visitas, dándoles una estructura que permita atender la demanda sin poner en riesgo ni las cuevas ni la privacidad de los vecinos que las albergan.

Si uno quiere bajar a verlas, tendrá que programar una visita con antelación. No hay otra manera. Y quizá eso, en tiempos en los que todo se consume de forma inmediata y superficial, sea también una forma de decirle al visitante que lo que va a ver merece un poco de preparación y calma, porque merece mucho la pena.

Tomelloso tiene plaza mayor, iglesia, mercado y todas las cosas que tiene cualquier pueblo de Castilla-La Mancha (aunque Tomelloso es una ciudad, no lo olvidemos). Pero tiene algo que no tiene casi nadie más: un mundo completo bajo los pies. Un mundo que huele a tierra, a madera vieja y a vino. Y que, gracias a quienes se han empeñado en cuidarlo, todavía puede contarse.

 

 

 

 

Más información: https://visitatomelloso.com/

Marta:
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